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Una larga tradición que se ancla en los orígenes mismos del medio fotográfico nos ha enseñado que una fotografía es una descripción visual de un lugar o un acontecimiento. Es decir, estamos acostumbrados a entender la imagen fotográfica como algo que debe aportar información, y por tanto que debe ser clara, incluso que debe ser útil. Las imágenes que componen esta muestra, sin embargo, no lo son. Y es eso lo que las hace interesantes. Ana Lucía Negri nos sitúa en un ámbito en el que las imágenes no ofrecen, al menos en una primera mirada, más que ambigüedad. Y es por tanto responsabilidad nuestra, como espectadores, comenzar a dotarlas de sentido; hacer de ellas recuentos verosímiles de algo. El problema es que ese algo es lo que aquí se nos escapa.

 

Cuando un fenómeno se nos aparece como extraño o inexplicable –como un enigma–, estamos en realidad ante la ausencia de una explicación adecuada. En esos casos, la solución consiste en inventar un estado de cosas en el que ese hecho ‘extraño’ resultaría completamente explicable. Generamos hipótesis, inventamos un mundo nuevo en el que la coherencia se vea reestablecida. Es así como Charles Sanders Peirce, el padre de la semiótica, describía la lógica del descubrimiento científico y es a eso mismo a lo que nos llaman las imágenes de Ana Lucía Negri: a inventar un mundo en el cual se llenarán de sentido y dejarán de resultarnos enigmáticas.

 

Pero este juego de mundos posibles es complejo, no solo por lo que exige a la imaginación para lidiar con cada imagen, sino porque nos obliga a buscar una coherencia que haga inteligibles las imágenes entre sí. Es algo que viene anunciado por el montaje, que sugiere un juego de combinaciones y que nos insta a resolver el enigma de cada fotografía y engarzar cada solución con las demás. Es un ejercicio de ensayo y error en el que cada imagen es un indicio que a veces reafirma y a veces desmiente las hipótesis que vamos construyendo acerca de las demás.

 

Ante el desconcierto, quizá resulte útil el considerar que estas imágenes que parecen tan cotidianas y, quizá, intrascendentes, anuncien un orden en cierto sentido metafísico: un universo posible más allá de lo sensible. Como en las imágenes del sueño o en los atisbos del sentido de la muerte, lo que nos anuncian quizá no sea más que una sospecha remota de coherencia.

 

Carlo Trivelli

* prensa